[ES] Imágenes cautivas / territorios cautivos.
Dorota Biczel

Lima, agosto de 2012

Si ver alguna vez sirvió para comprobar una creencia proporcionando una prueba óptica, registrar lo que se ha visto u observado se utiliza para expandir y difundir convicciones, hoy disfrazadas como una forma de marca: “conocimiento”. Las convenciones –tanto de la representación pictórica como de la producción material– consolidan el poder de las imágenes para transmitir las “verdades”, para ordenar y organizar el mundo. O, más bien, mediante la imposición, la enseñanza y la difusión de las convenciones, el poder afirma su influencia sobre las imágenes y su comprensión. Estabilizadas, estandarizadas y normalizadas, las imágenes llenan las páginas de atlas y enciclopedias, medios de comunicación masiva y libros de mesa de café, cargadas de significados aparentemente estables y claros.
Relatos colonialistas producidos por los testigos oculares de la época, iban mano a mano con las técnicas del naturalismo para jugar un papel decisivo en la concepción y circulación de los conocimientos del llamado Nuevo Mundo y sus “salvajes”. Las nuevas convenciones de la cartografía desarrolladas durante el Renacimiento establecieron la representación totalizadora, de vista de pájaro, de los territorios, demarcando los espacios de la “civilización” y los espacios de la “barbarie”, las tierras habitadas y las deshabitadas, la cultura y la naturaleza, así como planteando los fundamentos de las bases territoriales del imperio y de los estados-naciones por venir. Por otro lado, la aparición del imaginario etnográfico –apoyado en las tecnologías de reproducción cada vez más sofisticadas y en sus reclamos de veracidad– distinguieron el objeto del sujeto de estudio, y los ciudadanos de los “nativos”.

Es importante recordar estas historias modernas porque en Manifestaciones de una Lejanía Nancy La Rosa toca lo que algunos perciben como una de las últimas fronteras contemporáneas de lo “conocido”. La artista examina las imágenes y los imaginarios de los territorios de los grupos “no-contactados”: no computados por los censos, no examinados por antropólogos, apenas observados y registrados por aparatos ópticos. Sin embargo, paradójicamente, una prueba visible y visual de su existencia se convierte en una herramienta estratégica en las luchas políticas sobre el carácter actual de la producción del espacio: se la moviliza para dar forma, modificar y subvertir los procesos de la acumulación y el desplazamiento del capital. Estas batallas, no obstante, son dirigidas por el pueblo maniobrando dentro de un territorio ocupado, dentro del paradigma establecido de la lucha territorial.

Sintonizada con la confluencia de las convenciones pictóricas y materiales en los modos históricos de representación, la obra de La Rosa mina la oposición famosa, hecha por Michel de Certeau, entre ver y caminar como las maneras opuestas de relacionarse con el espacio. Y así, una perspectiva aérea de un agrimensor (en esencia, una tecnología militar desarrollada para asegurar el control territorial) y las imágenes de la prensa que evocan la técnica del grabado (dominado y perfeccionado para convencer de la veracidad de sus representaciones) se enfrentan a un conjunto de las fotos radiantes, borrosas y sensuales tomadas con una cámara pinhole, hecha con una cajita de fósforos, mientras la artista recorría la selva. Aún así, representan una experiencia específica, concreta y corporal del espacio, del territorio sentido por un cuerpo que se mueve a través de él. Las fotos no pertenecen a un ojo sin cuerpo que lucha por el conocimiento “objetivo” y totalizador, sino son parte de un dispositivo que pide oír, oler, tocar y saborear: percibir como un modo de ser en el mundo.

Mediante el examen de los distintos modos de ver, experimentar, y representar el espacio, La Rosa reivindica tanto la visión encarnada cuanto desnaturaliza las convenciones pictóricas asumidas como los contenedores seguros del conocimiento o las definiciones determinadas del territorio. Al mismo tiempo, poniendo en evidencia el carácter engañoso de las imágenes y los procesos de la construcción del conocimiento occidental, señala aquello y a quienes revelan el límite y las falacias del poder de la representación. Deben existir otras formas de establecer y entender al territorio, pero tal vez esto es algo que aún no sabemos con certeza.

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[EN] Captive images / captive territories
On Manifestaciones de una Lejanía de Nancy La Rosa
Dorota Biczel

Lima, agosto de 2012

If seeing once served to verify a belief by providing an optical proof, recording what has been seen or observed is used to advance and disseminate convictions, now disguised in the form branded as “knowledge.” Conventions—both of pictorial representation and of material production—consolidate the power of images to convey the “truths,” to order and organize the world. Or, rather, by enforcing, teaching, and circulating conventions, power affirms its grasp over images and their understanding. Stabilized, standardized, and normalized, pictures fill the pages of atlases and encyclopedias, mass media and coffee-table books, their meaning seemingly fixed and clear.

Colonial eyewitness travel accounts that went hand-in-hand with the techniques of naturalism were instrumental in conceiving and circulating the knowledge of the so-called New World and its “savages.” The new mapping conventions developed during the Renaissance provided totalizing, bird’s-eye-view depiction of the territories, demarcating the spaces of “civilization” from the spaces of “barbarism,” inhabited from uninhabited lands, culture from nature, as well as staking the grounds for the territorial foundations of the empire and the nation-states to come. On the other hand, the emergence of ethnographic imaginary—supported by the increasingly sophisticated reproduction technologies and their claims to veracity—distinguished the object from the subject of study, and the citizens from “natives.”

It is important to recall these modern histories because in Manifestaciones de una Lejanía Nancy La Rosa touches upon what some would perceive as one of the last contemporary frontiers of the “known.” The artist examines images and imaginaries of the territories of the tribus nocontactados: unaccounted for by the census, unexamined by anthropologists, barely observed and registered by optical devices. Paradoxically though, a visible and a visual proof of their existence is a strategic tool in the political battles over the current character of the production of space: mobilized to shape, modify, and subvert the patterns of accumulation and displacement of capital. These battles, though, are fought by the people maneuvering within an occupied territory, within an established paradigm of territorial struggle.

Attuned to the confluence of pictorial and material conventions in the historical modes of representation, the work of La Rosa mines Michel de Certeau’s famous contradistinction between seeing and walking as opposite modes of relating to space. And so, an aerial perspective of a surveyor (in essence, a military technology developed to secure territorial control) and press images that evoke the technique of engraving (mastered and fine-tuned to convince of the truthfulness of its representations) are confronted with a set of radiant, fuzzy, and sensual photos taken with a pin-hole camera made form a matchbox while hiking across the jungle. With no sustained orientation and no sharp focus, the pin-hole photos cannot define what this traversed space is, they cannot trace its borders, they do not mark a route across it. Nonetheless, they account for a specific and concrete, embodied experience of space, of territory felt through a body moving across it. The photos do not belong to a disembodied eye that strives for an “objective” and totalizing knowledge, rather they are a part of a dispositive that requires smelling, hearing, touching, and tasting: sensing as a mode of being in the world.

Through examining distinct modes of seeing, experiencing, and depicting the space, La Rosa both vindicates the embodied vision and denaturalizes pictorial conventions as the secure containers of knowledge or certain definitions of territory. At the same time, by exposing the slippery character of images and the processes of construction of Western knowledge, she points to what and to those who point to the limit and the fallacy of the power of representation. There must be other ways to establish and understand territory, but perhaps this is something that we cannot certainly know.